Adioses.

Las despedidas siempre han sido algo triste, algo con lo que nunca contamos. Y es que cuando conocemos a alguien lo último que se nos pasa por la cabeza es “¡Oh, Dios mío! Tarde o temprano me tendré que despedir de esta persona.” Jamás tenemos en cuenta el dejar de ver a un ‘habitual’, a un ‘imprescindible’. Lo cierto es que sería raro. Como si tuviésemos las maletas siempre hechas por lo que pudiese pasar. Sin embargo, ese momento llega (y te pilla desprevenido).

Ya sabíamos a lo que nos enfrentábamos. Habíamos planeado todo esto juntos y aún así no nos habíamos hecho a la idea. No ha sido hasta el mismo instante en el que nos hemos despedimos de Chus y se ha subido en el coche para poner rumbo hacia su nueva vida cuando hemos sido conscientes de que estaba pasando: es real. Nos marchamos, cada uno a un lugar distinto, lejos los unos de los otros, con todo nuestro pasado a cuestas, y esta vez no podremos vernos en una o dos semanas. 

Septiembre se ha declarado oficialmente como el mes de las despedidas. Ha llegado a nuestras vidas como ese novio acaparador que no quiere siquiera que salgas con tus amigas, absorbiendo tu identidad y despojándote de tu dignidad. Tal vez septiembre sólo sea ese aviso de que nuestra vida adulta ha comenzado, con las tomas de decisiones que conllevaba y todo eso de buscarse la vida. Y es que yo no quiero buscarme la vida si no es con ellas, pero eso es exactamente lo que toca ahora. Un adiós no puede ser tan doloroso, o al menos no debemos pensar en él como un ‘adiós’, sino más bien como un ‘hasta luego’.

Esa misma frase ya la había empleado. ”Esto no es un adiós, es más bien un hasta luego”, le dije al chico más maravilloso que había conocido nunca mientras me despedía de él en una de las entradas del metro de Madrid, en Plaza de España, cuando estaba a un paso de echarme a llorar. Era así. Sabía en ese momento que esa despedida no iba a ser definitiva. Disney y Hollywood me han enseñado que una historia no puede acabar así, al menos no si es una de esas pastelosas y ñoñas de chico-conoce-a-chica (o, en nuestro caso, chico-conoce-a-chico).De esta forma, una amistad tan fuerte como considero que es la nuestra no puede quedar así. Sería como el final adelantado de una serie que no tiene futuro, este final que escriben deprisa y sin pensar en los fieles seguidores de la trama a la que estaban poniendo punto y final.

No, no creo en las despedidas, y eso es algo que creo he dejado bastante claro. Supongo que es como la existencia de Dios: tú decides en qué creer y en qué no, siendo cualquier decisión igual de válida. Para mí las despedidas no tienen razón de ser. Las cosas no tienen un fin sin más. Un libro acaba en el último punto de la última de sus páginas, al igual que una película acaba en el momento en el que bajan los créditos, pero eso no implica que ese sea el fin de la trama o de los personajes con los que hemos compartido la historia. Los finales, las despedidas, no son más que una simple formalidad. Fijamos nuestro destino con cada una de las decisiones que tomamos, tomando unos caminos u otros, sin importar cuál es el final porque, al fin y al cabo, no lo hay. Siempre seremos eternos mientra alguien nos recuerde, mientras alguien nos tenga en cuenta, mientras se nos tengan presentes.

Por esto (y por otra sarta de divagaciones) por lo que no creo en las despedidas y, si no podemos despedirnos cuando estamos a punto de morir ¿quién dice que es de mala educación despedirnos de quienes más queremos? Así que supongo que toda esta tristeza no es más que un mero trámite, el cierre de un capítulo que enlaza con el comienzo del siguiente, en el que ningún personaje queda excluido y todo es aún posible: el reencuentro, perpetuar una amistad, continuar una relación y la oportunidad de comenzar algo nuevo sin necesidad de despedirse de lo que de verdad importa.

Y es que servidor nunca se despide.

Ed.